Tiembla el patriarcado… ¿se va a caer?

La marea verde de mujeres ha inundado las calles de nuestras ciudades, entremezclándose las generaciones, las orientaciones sexuales, las identidades, los partidos políticos, las clases sociales. Estamos asistiendo a una revolución que ha comenzado su gestación hace décadas y –como ha sucedido una y otra vez en la historia– se ha encontrando con reacciones viscerales. Cada vez que las mujeres quieren avanzar un paso por sus derechos la respuesta es desmedida, y así fue para acceder a la educación superior, a los derechos laborales, al sufragio, a la patria potestad sobre nuestros/as hijos e hijas. Un grupo de caballeros blancos, propietarios y heterosexuales (al menos en apariencia) delibera sobre nuestros destinos.

Parece evidente que se juega algo importante y significativo para el orden social en la subordinación femenina. Cuando las mujeres buscamos libertad algo tiembla, pero si se trata de la sexualidad el temblor viene acompañado de temor y se acrecienta. Toca los cimientos del patriarcado, porque sin dudas el sexo es su tesoro más preciado. ¿Qué es lo que se juega allí? ¿Por qué el (los) patriarcado(s) ponen tanto esfuerzo (podría decir libido) en el control de la sexualidad femenina?

Y si bien el debate (o combate) que ha transcurrido estos meses en las cámaras legislativas y en la sociedad, se dirime alrededor de argumentos que se repiten por parte de los grupos antiderechos, y que apuntan al derecho a la vida del embrión, feto/a, niño/a, se intenta soslayar el interés en torno al control de la sexualidad femenina. La libertad sexual, el placer y la autonomía de las personas con capacidad de gestar –aun sin ser recurrentemente nombradas– son en verdad claves en esta disputa.

Uno de los cantos que resuenan en las calles es ¡abajo el patriarcado se va a caer, se va a caer! Pero ¿se va a caer? Me propongo entonces algunas reflexiones respecto de aquello que está temblando y los movimientos en marcha.

 

Los cimientos patriarcales

 

Sería más adecuado hablar de los patriarcados, porque si bien sus orígenes son remotos y su ubicuidad es indiscutible, las características que adquiere en cada territorio varían en sus mecanismos e intensidad para la dominación de las mujeres y personas feminizadas de manera diferenciada. Los dispositivos de poder vigentes que sostienen su reproducción varían si son analizados desde una perspectiva histórica y cultural, con diferencias generacionales, étnicas, demográficas, territoriales y donde intervienen también las experiencias subjetivas. La historia universal está bajo el signo patriarcal, y son estructuras entonces fuertemente sostenidas y que están en la matriz (patriz) de las sociedades, modelando los imaginarios, las relaciones sociales y estableciendo jerarquías. De este modo las diferencias entre los varones y las mujeres se transforman en desigualdades. Cabe afirmar que el patriarcado está en el aire que respiramos, está subjetivado y por eso es necesario hacer un esfuerzo para hacerlo visible. Todas las personas hemos sido educadas bajo su órbita y lo reproducimos cotidianamente de modo naturalizado, está presente en todas las instituciones en donde transitamos. Intentar librarnos de los mandatos patriarcales requiere una tarea dedicada y delicada de sacar una a una las capas de una cebolla sin fin. Y a veces duele.

Los poderes patriarcales, con dispositivos materiales y simbólicos se han focalizado en el mismo objetivo: la subordinación de las mujeres, resaltar su pasividad, la reclusión en el hogar, la maternidad obligada (fortalecida por las políticas públicas), son algunas de las expresiones que adquieren. La historia de los patriarcados es la historia de las religiones. En la medida que los pueblos politeístas han ido transmutando desde religiones estructuradas en torno a un conjunto de dioses y diosas con funciones diferenciadas; a la idea de un dios único, varón y todopoderoso, los patriarcados se han ido fortaleciendo en sus jerarquías, tanto en término de clases como de géneros. Y se cimentan sobre una desvalorización y desprecio de todo aquello vinculado a lo femenino y lo feminizado. De modo tal que las religiones monoteístas, son las más jerarquizadas, las más violentas, las más intolerantes frente a las diversidades.

El resultado es una sociedad centrada en lo masculino y donde todo aquello asociado a lo femenino queda en una posición subalternizada. En este orden las mujeres son consideradas naturalmente inferiores al varón, ellas y sus temas son minorizados. Invisible pero bien sustentada en la imaginación colectiva, produce mandatos sobre las personas, las identidades, las ideas, las normas sociales, las instituciones, las prácticas, las subjetividades. Los cuerpos de las mujeres se configuran en territorios de dominación del patriarcado y un espacio donde se ejerce una importante presión simbólica (y real) para su control.

Otra característica significativa de los patriarcados es su mutación permanente, por eso es necesario actualizar la comprensión de modo de redescubrirlo en sus transformaciones y vericuetos. Opera como un dispositivo que simultáneamente está dentro y fuera de cada uno/a de nosotros/as, nos aprisiona y dirige nuestras acciones, nuestros deseos y es productor de diferentes formas de violencias. Hay una alianza fraterna entre los varones que opera a modo de cofradía y donde se resguardan cooperativamente ante las amenazas al orden establecido.

 

“El patriarcado impone sentidos y valores incluso sobre experiencias que sólo las mujeres podemos definir, como el orgasmo, la gestación, el parto, la menstruación, el amamantamiento y por cierto el aborto”.

 

Lo sexual: entre el deseo y el disciplinamiento

 

El doble estándar para con lo sexual es evidente. Los medios de comunicación despliegan la pornografía sin censuras y circula libremente en la televisión, internet, en las revistas gráficas, los cuerpos femeninos bajo la mirada del ojo patriarcal que los desviste, los transforma en objeto, y de alguna manera habilita la cosificación, el sentimiento de propiedad y en alguna medida también la violación. Pero cuando las mujeres deciden gozar de sus propios cuerpos, de su sexualidad libremente, esto merece diversos gestos de disciplinamiento. La religión católica (también las cristianas), han invertido gran despliegue de energía para cercenar el placer femenino, cuerpos negados, cargados de culpa, sin autorización para el control de la reproducción, y el sexo obligadamente vinculado a los potenciales eventos reproductivos. La imagen de Eva como la mujer responsable del pecado original y causante de todas las desgracias de la humanidad, se busca reivindicar con la de María, la abnegada, obediente y virgen. Así esas dos imágenes femeninas de algún modo son modelos femeninos y todas las mujeres nos debatimos entre los mandatos de ser un poco Eva en su despliegue de erotismo o un poco María, la mujer generosa y pura.

En algunos grupos que profesan la religión islámica en el continente africano, las mujeres son sometidas (aún hoy) a la ablación del clítoris, siendo ésta quizás la expresión de máxima crudeza a la que ha llegado el patriarcado para el control sexual. Las consecuencias de esta práctica van desde muertes por infecciones hasta la eliminación del placer. ¿Qué hay en el placer femenino que produce tantos temores? Los pueblos a lo largo de la historia inventaron diferentes estrategias de control de la sexualidad femenina como el vendaje de los pies en oriente que limita el movimiento, los cinturones de castidad o las múltiples maneras de regulación de la libertad. La construcción de diferentes prisiones para el éxito de ese control, es señalada por Marcela Lagarde (2003) que hace referencia a los cautiverios como madresposas, putas y monjas como las figuras icónicas del destino de las mujeres que la sociedad nos educa como “seres para otros”.

Son estos algunos caminos que conducen a la comprensión de diferentes modos de mutilación simbólica del clítoris en el occidente cristiano, de maneras sutiles pero efectivas busca la regulación de nuestro placer. La religión católica ha buscado y busca mantener un dominio sobre las mujeres, y posiblemente el momento de mayor misoginia explícita sucedió durante la inquisición entre los siglos XVI-XVII con la persecución a las brujas, que comenzó en Europa y luego se trasladó a las colonias ultramarinas. Encubriéndose inicialmente en el pecado de la herejía, desplegaron un control sobre las mujeres, y por extensión en las comunidades que fue funcional al capitalismo naciente (Federici, 2010).

Otra forma de mutilación es la construida por la ciencia, que ha trabajado denodadamente para demostrar la inferioridad femenina a través de justificativos biológicos como el tamaño del cerebro, o justificativos sicológicos como el hecho de que somos histéricas o masoquistas. El clítoris se comprende en tanto pene atrofiado, –las mujeres imperfectas, frente a la perfección masculina– y durante nuestro proceso evolutivo, reconocemos la diferencia basándonos en la envidia de aquello que carecemos. El clítoris como sitio central de despliegue del placer, es denostado. Sigmund Freud plantea que el orgasmo clitoriano es imperfecto, que debemos acceder al orgasmo perfecto que es el alcanzado por penetración vaginal. El cuerpo femenino se construye como negación. La fuerza de la tradición cristiana y victoriana y su idea de lo sexual ha calado en matrices medulares de nuestra cultura. A las mujeres nos enseñan una relación con nuestros cuerpos como carentes de órganos, y es necesario transitar por un proceso de reconocimiento y conquista del propio cuerpo. La negación del propio cuerpo, su desconocimiento, el cuerpo cuyo destino es nutrir, a su vez agradar y dar placer a otros/as, posiciona a las mujeres con cierta enajenación de sí (Canevari, 2017).

Gayle Rubin (1996) plantea que la sexualidad femenina que se prefiere es aquella que responde al deseo de los otros, y no una que desea activamente incitando una respuesta. Y agrega que la organización social del sexo, se basa en los mandatos de género, la heterosexualidad obligatoria y la constricción de la sexualidad femenina.

“Se produce así la paradoja de que como mujeres ya no tendremos un vínculo con nuestro cuerpo que no sea mediado por los sentidos producidos por el patriarcado, porque nuestras experiencias serán desmentidas y aceptaremos la autoridad del discurso científico sobre nuestra sexualidad; aceptaremos la prioridad de la culpa religiosa sobre nuestro deseo; aceptaremos la prioridad de la subordinación jurídica sobre nuestra autonomía. El patriarcado impone sentidos y valores incluso sobre experiencias que sólo las mujeres podemos definir, como el orgasmo, la gestación, el parto, la menstruación, el amamantamiento y por cierto el aborto” (Maffía, s/f).

Hay algo escalofriante en este planteo que ubica a las mujeres en estado de enajenamiento. Escalofriante es ver cómo hay una apropiación del discurso patriarcal por las propias mujeres, se hace cuerpo y quedamos atravesadas por sus imposiciones en nombre de la libertad, la salud, la sexualidad.

 

La trinidad patriarcal

 

Pero claro que el patriarcado no es la única estructura de dominación. Como dijimos, su origen se pierde en la memoria de los tiempos, pero desde el surgimiento de la modernidad capitalista podemos afirmar que se estableció una alianza tan estrecha que es difícil vislumbrar qué corresponde a cada una. Pero la trinidad se completa con las religiones monoteístas y desde este lado del mundo es el catolicismo colonial y las religiones cristianas que vienen creciendo en número y visibilidad. Son tres pero también son uno.

En este escenario tan complejo como desalentador, se le suma una embestida reciente contra la ideología de género que se asoma como discurso que pretende disciplinar y redomesticar a las mujeres. Juan Marco Vaggione plantea que esta moral religiosa conservadora es funcional al despliegue neoliberal y apunta a contrarrestar los avances en el terreno de los derechos sexuales y reproductivos. Y recupera Vaggione a Wendy Brown que afirma que “el neoliberalismo en tanto racionalidad del mercado precisa del neo­con­servadurismo en tanto racionalidad moral. Mientras el Estado fragiliza el sostenimiento de los principales servicios públicos fortalece, según la autora, su rol de guardián moral. A ello se agrega que un Estado que busca desprenderse de la educación o la salud se vuelve cada vez más dependiente de las instituciones religiosas como prestatarias de estos servicios” (Vaggione, 2017). Además este retiro del Estado recae en las mujeres que son quienes históricamente han sostenido los momentos de crisis en términos de fuerza de trabajo y de economía.

El capitalismo se reproduce gracias al trabajo femenino gratuito, naturalizado e invisiblizado. Y las iglesias también dependen del trabajo femenino que sin remuneración dan catequesis, limpian, difunden, organizan la vida religiosa. Las razones entonces de la dominación tiene también bases económicas y de garantía de funcionamiento, precisan mujeres disciplinadas para que seamos funcionales a la economía que se retira una vez más de las necesidades de los grupos reiteradamente vulnerados.

 

“Ha quedado claro que cada mujer que muera o quede con daños por la clandestinidad tendrá nombre y apellido, tendrá historia y sabremos cada detalle. Para no olvidar, para el ejercicio de la memoria… ”.

 

Los feminismos en la calle, en las plazas, en las camas

 

El movimiento de mujeres y feminista tiene un momento de despertar en nuestro país con la llegada de la democracia, si bien se pueden señalar numerosos antecedentes. El primer Encuentro Nacional de Mujeres fue en la Ciudad de Buenos Aires en el año 1986 y desde entonces se sucedieron sin interrupción y con una participación creciente, llegando a reunir en los últimos encuentros unas 70 mil mujeres. Este año en la ciudad de Trelew será el número 33. Pero hay otro hito que ha significado un giro en la participación política del(os) feminismo(s) que fue la convocatoria del 3 de junio de 2015 bajo la consigna #Ni una menos. Los femicidios fueron cobrando visibilidad y el asesinato de mujeres jóvenes haciendo alarde de crueldad –siendo que luego sus cuerpos se descartaron como basura–, despertaron una indignación colectiva que ganó las calles en todo el país. A las marchas en contra de la violencia del 3 de junio y 25 de noviembre, se suman los Paros internacionales de mujeres del 8 de marzo con el objetivo de hacer visible cómo la economía capitalista a nivel global se sostiene por el trabajo femenino gratuito, desvalorizado e invisible. Cómo se educa a las mujeres para el amor incondicional y el trabajo queda incluido en el paquete. Es así que en el contexto internacional también ha rebrotado el movimiento. Y posteriormente surge el #Me too, que se traslada a nuestro país y comienza a sacar del closet el abuso sexual en los ámbitos de la televisión, el teatro y el cine, ante la mirada atónita y argumentos justificatorios de algunos actores renombrados. En fin. No parece fácil dar vuelta atrás, no parece fácil que el silencio y el miedo se reinstalen de manera generalizada.

El movimiento feminista (los movimientos feministas) es diverso, es horizontal y a lo largo de su historia no se ha institucionalizado en estructuras rígidas o verticales. Por eso está en muchas partes pero no es posible identificar la conducción, porque no hay conducción. Es un momento de gran visibilidad del feminismo y se podría decir que hoy –para algunos sectores– es políticamente correcto ser feminista. Esto es un cambio reciente, muy reciente.

Sin embargo su irrupción en las calles y las plazas, no logró la aprobación de la ley. Es posible que de alguna manera también haya sido un mensaje disciplinador sobre las formas de accionar políticamente. El balance de cualquier manera es positivo, porque se ha logrado instalar el debate durante todo el año y se ha logrado la despenalización social. Los grupos que se mostraron a favor del aborto clandestino no han aportado ninguna propuesta para poder garantizar el cuidado de las dos vidas que tanto agitaron como eslogan vacío. Ha quedado claro que la operación de los grupos conservadores y con vínculos religiosos ejerció una enorme presión sobre los legisladores. Hoy la Campaña Federal de separación de la Iglesia y el Estado crece cada día y el número de personas que inician el trámite de apostasía es realmente significativo. La idea de triunfo que quisieron dar, no parece ser tan cierta. Se despertó un gran descontento y el desprestigio parece difícil de detener.

Para que el patriarcado caiga es necesario que los varones (cis u homo) se dejen interpelar para permitirse registrar los mandatos de masculinidad recibidos. Porque si bien es cierto que el hecho de ser varones les otorga ciertos privilegios, también es cierto que reciben enormes presiones para que demuestren cotidianamente sus potencias, que como plantea Rita Segato (2011) se expresan en seis dimensiones; la sexual, bélica, moral, intelectual, política y económica.

Ha quedado claro que cada mujer que muera o quede con daños por la clandestinidad tendrá nombre y apellido, tendrá historia y sabremos cada detalle. Para no olvidar, para el ejercicio de la memoria, para que en las próximas elecciones la legalización del aborto sea un tema de la agenda de los/as candidatos/as.

Este debate seguirá resonando hasta que sea ley, hasta socavar los cimientos para que siga temblando y caiga. Porque el futuro será feminista, como una promesa de mayor libertad, menos opresiones, un mundo de convivencia respetuosa a las diversidades, más equitativo en términos de géneros, clases, orientaciones sexuales, edades, etnias, menos injusto, menos jerárquico, más feliz. •

 

Bibliografía

 

Canevari, Cecilia (2017) Las prácticas médicas y la subalternización de las mujeres: derechos, autonomía y violencia. Tesis doctoral. Directora: Mónica Tarducci. http://repositorio.filo.uba.ar/bitstream/handle/filodigital/4340/uba_ffyl_t_2017_se_canevari.pd f?sequence=1.

Federici, Silvia (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Tinta Limón. Buenos Aires.

Lagarde y de los Ríos, Marcela (2003) Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. Universidad Autónoma de México. México DF.

Maffía, Diana (s/f) Cuerpos, fronteras, muros y patrullas. www.dianamaffia.com.ar [consulta junio 2013].

Rubin, Gayle (1996) [1975] “El tráfico de mujeres: notas sobre la “economía política” del sexo”. En Lamas, Marta (compiladora) El género: la construcción cultural de la diferencia sexual. Programa Universitario de Estudios de Género de la Universidad Autónoma de México y Miguel Ángel Porrúa, México DF.

Segato, Rita Laura (2011) “Género y colonialidad: en busca de claves de lectura y de un vocabulario estratégico descolonial”. En Bidaseca, Karina y Vazquez Laba, Vanesa. Feminismos y poscolonialidad. Descolonizando el feminismo desde y en América latina. Godot. Buenos Aires.

Vaggione, Juan Marco (2017) La moral que necesita el neoliberalismo. Página 12. 27 de abril.

 

* Dra. Cecilia Canevari, Programa Géneros, Política y Derechos. INDES (Instituto de Estudios para el Desarrollo Social) Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y Salud. Universidad Nacional de Santiago del Estero.