Ganadería trashumante en el tiempo de la Vaca Muerta

Una aproximación necesaria

 

En el mundo hay alrededor de 200 millones de personas sobreviven bajo formas de ganadería trashumante.1

En el 75% de los países del mundo, se practica esta forma productiva que involucra a más de una cuarta parte de la superficie total del planeta tierra.

En el Alto Nequén, sus orígenes se remontan al periodo precolombino o sus formas actuales se desarrollaron durante el periodo colonial, en la etapa previa a la consolidación y desarrollo de los Estados nacionales modernos.

En regiones serranas, y a lo largo de todo el cordón montañoso de los Andes, comunidades campesinas e indígenas, intercalan el tiempo de pastoreo, entre tierras bajas –invernadas– y tierras de alta montaña –veranadas–, en un modo de rotación de suelos, donde predomina la crianza de ganado menor –cabras, chivas y ovejas–, dando lugar a formas de vida esencialmente comunitarias.

En la Patagonia Norte, especialmente en la provincia de Neuquén, tiene lugar uno de los ejemplos más contundentes de ganadería trashumante. Más de 2500 familias entre comunidades de pueblos originarios y campesinos criollos, año a año, atraviesan distancias superiores a los 250 km, para transcurrir por “huellas” y “callejones” de arreo, llevando sus “piños” desde los campos de invernada en las tierras áridas de precordillera hacia los campos de veranada en la alta montaña.

Criollos y mapuches sostienen una práctica productiva; una forma de vida y una cultura, preexistente a la formación de los Estados nacionales.

Su vigencia y desarrollo actual, nos pone frente a un debate histórico sobre la propiedad de la tierra; la posibilidad de regular formas tradicionales de uso del suelo y la necesidad de construir políticas públicas integrales para el desarrollo de estos sistemas.

Se advierte además, no solo una dificultad o desafío en términos de regulación de un sistema productivo peculiar, sino que urge además, incorporar la perspectiva de derechos de los sujetos y actores, de esta singular estructura agraria.

La escala global de los problemas de la humanidad actual, nos pone frente a una crisis de corte energética y alimentaria, donde las reflexiones sobre la sostenibilidad social y ambiental de las actividades del hombre está en el orden del día de los debates públicos.

 

La necesidad de regulación de los usos tradicionales del suelo

 

¿Qué significa la exclusión de estos sistemas tradicionales, y la sumisión en la pobreza de estas familias al no incorporarles a un programa de desarrollo?

Sin dudas el riesgo de su desaparición en un contexto de avance del proyecto de generación de riqueza y acumulación de la misma que representa Vaca Muerta.

El conflicto fundamental de los sistemas de ganadería trashumante es la ausencia de marcos normativos que reconozcan la actividad por su peculiar modo de concebir el uso del territorio.

La regulación que ordena este tipo de actividades es esencialmente la costumbre de quienes la realizan en forma ancestral.

Sin embargo, el surgimiento del ordenamiento estatal del territorio con la instauración del Estado nacional moderno y el resguardo y promoción de la propiedad privada como estandarte de época, han puesto en crisis estas antiguas normas consuetudinarias.

En el caso neuquino, la casi totalidad de las familias productoras “no mapuches” llevan a cabo su actividad sobre tierras fiscales, con ocupaciones que datan de varias generaciones que aún se encuentran en situación irregular; se trata de una circunstancia anómala, desde que se sienten “dueños” de las tierras en que viven y trabajan, pero reconocen el carácter fiscal, exigiendo permanentemente a las autoridades provinciales la entrega de los títulos de propiedad; para el Estado son tenedores de tierras fiscales en algunos casos, “meros ocupantes”.

Por su parte, solo algunas comunidades indígenas que desarrollan esta actividad, tienen reconocimiento de territorios comunitarios sobre los campos de invernadas y veranadas. En muchos casos, tienen registrado solo territorios de invernada –campos bajos, de secano en la precordillera–, mientras que los campos de veranada –tierras de alta montaña, en zonas de frontera y con recursos naturales importantes– o permanecen en el dominio del Estado o son tierras bajo dominio privado de particulares.

El carácter mestizo de esta actividad, significa que tanto criollos como comunidades originarias, sean parte de una misma realidad productiva, que sin embargo los sitúa en distintos planos en cuanto a protección legal y reconocimiento de derechos.

Toda forma jurídica, expresa esencialmente relaciones sociales y tensiones de intereses en una sociedad dada, en un momento determinado.

A medida que transcurrió el avance de la sociedad moderna en estos territorios, la prevalencia de otra juridicidad e institucionalidad impidió la incorporación de estos regímenes jurídicos costumbristas; quedaron subordinados a las formas que imponía el desarrollo de un proceso de acumulación global del capital.

En los tiempos actuales, la vigencia histórica de estos usos tradicionales, ha producido una maduración en las concepciones hacia este tipo de actividades.

Desde las reflexiones en el marco del Derecho Agrario, nuestro principal desafío es realizar aportes a la construcción de un andamiaje jurídico e institucional que regule, ordene y resguarde este uso tradicional.

Nada más y nada menos que: construir derecho.

A contramano de la irregularidad estructural en que se encuentra la actividad y la precariedad de derechos que sufren los sujetos hacedores de esta estructura agraria, la ganadería trashumante del Norte Neuquino se sostiene por fuerza de su inercia histórica, adecuándose a las nuevas realidades, habilitando nuevas respuestas y afirmaciones para sostenerse como una actividad productiva sobresaliente en la estructura agraria de la Patagonia Norte.

Sin lugar a dudas, las modificaciones operadas en torno a las formas de concebir estas prácticas esencialmente tradicionales, comunitarias y familiares, habilita un contexto propicio para el desarrollo de propuestas de políticas públicas que regulen, resguarden y promuevan las mismas.

Las regulaciones parciales o segmentadas que no respeten el carácter estructural de una actividad productiva, distorsionan las respuestas en términos de políticas públicas.

Estas formas de producción que aparecen como singulares o exóticas, merecen un reconocimiento no tanto por su devenir histórico, o su riqueza cultural y folklórica, sino más bien como un ejercicio obligado de los tiempos que corren, en la búsqueda de respuestas y alternativas a la crisis civilizatoria de orden alimentaria y energética, donde la primacía de la rentabilidad en el intercambio de bienes y servicios y una economía que se sostiene como sociedad de consumo, nos ponen al filo de la subsistencia como especie.

El conflicto de las comunidades trashumantes de la Patagonia Norte, en la experiencia concreta del territorio neuquino, enfrenta ahora un elemento de mayor contundencia en cuanto a su supervivencia; y expone una vez más, la estabilidad de estos sujetos de derecho, en el contexto de un régimen de expoliación de recursos naturales que favorece un proceso de acumulación de riquezas del cual se encuentran excluidos.

La expansión de la explotación de hidrocarburos con el boom de los yacimientos No Convencionales significa claramente un obstáculo a la sobrevivencia de estos modos de uso tradicional del suelo.

Las comunidades pastoriles, tanto criollos como mapuches, se instalaron en los territorios de menor aptitud ganadera luego de la consolidación del Estado nacional argentino.

Durante más de un siglo, sobrevivieron en este nuevo esquema, administrando la escasez de pasturas, adecuando el territorio a sus necesidades, y moldeando el paisaje en base a la economía trashumante.

Las regiones semi desérticas y de precordillera, les dieron cobijo durante los inviernos; y los cajones andinos les proveyeron pasturas en la temporada estival.

Sin embargo, esta situación se modificara nuevamente con la llegada de un nuevo régimen de explotación de las riquezas del subsuelo; la minería metalífera sobre el modelo de la mega minería a cielo abierto y la explotación de los hidrocarburos bajo el modo no convencional, transforma esas tierras de escasa aptitud ganadera, en un territorio en disputa.

Y la realidad arroja un resultado abrumador; las poblaciones de pastores trashumantes –comunidades mapuches y crianceros criollos–, intentan sobrevivir con sus majadas, sin acceso al agua, al gas y electricidad; con una nula presencia y acompañamiento de las agencias de desarrollo rural, lo que impide el acceso al crédito o políticas de fomento.

Frente a la pobreza de estas familias, se erige frente a sus ojos una de las instancias de mayor ferocidad en pos de apropiación de la riqueza del subsuelo, en un ritmo de trabajo de 24 horas todos los días del año, y cuyas inversiones ascienden a millones de dólares diarios, con un costo altísimo en términos de uso de recursos energéticos y degradación ambiental.

El escenario es de contraste; donde la generación y acumulación de riqueza convive con sujetos sociales que se encuentran condenados a intentar sobrevivir, siempre excluidos de cualquier proceso de desarrollo. •

 

* Emmanuel Guagliardo, Abogado (Universidad Nacional del Comahue). Representante de Organizaciones Sociales, Asesor Legislativo en la Provincia de Río Negro. Integrante del Instituto Patagónico para el Desarrollo Sustentable.

 

1 Algunos informes estiman que el pastoralismo es practicado por entre 100 y 200 millones de personas, sin embargo, la cifra exacta podría rondar los 500 millones, y esta incertidumbre refleja la debilidad de los datos disponibles sobre el pastoralismo en general.