La productividad del “pibe chorro”

1.

 

En Argentina tenemos una expresión muy cómoda para nombrar a los jóvenes problemáticos: “pibes chorros”. Esos pibes, antes de ser “chorros”, fueron también los “vagos”, los “barderos”, “faloperos” o “drogadictos”, los “malvivientes” o “malentretenidos”, los “violentos de siempre” o “incivilizados”, los “delincuentes juveniles” o, para decirlo de una manera políticamente correcta, los “jóvenes en conflicto con la ley”, otra categoría controvertida toda vez que pone los problemas del lado de los jóvenes perdiendo de vista las situaciones que los rodean y condicionan. Sería más atinado hablar de una “ley en conflicto con los jóvenes”, porque –dicho sea de paso– esa ley interpretada por juristas o periodistas, forma parte del problema. En efecto, tanto sistema punitivo como la justicia mediática antes de ser una solución o una manera de procesar los problemas forman parte de la cuestión que se quiere abordar.

El delito juvenil, además, suele ser presentado como un “flagelo” que mantiene en vilo a los vecinos alertas, es decir, como un mero hecho negativo que desordena la comunidad, rompe los vínculos sociales. Pero como se verá al final de este artículo, el delito protagonizado por los jóvenes tiene un componente productivo que no hay que perder de vista a la hora de comprenderlo. Un carácter que hará que sea muy difícil combatir el delito toda vez que se ha vuelto en un recurso productivo en la sociedad contemporánea, organizada en torno a la inseguridad.

Las causas de rigor a los que suele estar asociado el delito protagonizado por los famosos “pibes chorros” son las siguientes: La pobreza o la carencias económicas; la mala educación o la falta de estímulos morales; el debilitamiento de la autoridad o las carencias afectivas; las influencias negativas o las llamadas malas yuntas; y, por supuesto, la droga, es decir, la vagancia o el ocio. Se trata de explicaciones muy simplistas y mecánicas, tributarias del positivismo remanente, puesto que no sólo piensan en términos de causa-y-efecto, sino que postulan a esas causas como fatalidades determinantes. Modelos de interpretación que no solo tienen la capacidad de aplanar los problemas, sino a sacarlos de su contexto o contingencia (descontextualizarlos), recortando o descoyuntándolos de las relaciones históricas (deshistorizarlos), para luego desplazar la cuestión social subyacente por una cuestión policial, que permita su posterior judicialización con el pertinente encuadre dogmático.

Por nuestra parte preferimos no hablar de “delito” sino de conflictividad social. Un conflicto que involucra a distintos actores; un conflicto que, si queremos comprenderlo, hay que leerlo al lado de otros conflictos sociales; una conflictividad compleja, entonces, que reclama una mirada abarcadora, que no actúe por recorte sino por acoplamiento y conexión. Si el lector nos sorprende diciendo “delito” que conste que sólo lo hacemos por comodidad expositiva.

En segundo lugar, preferimos hablar de conflictividad social porque cuando abordamos estos eventos con la noción de delito estamos prejuzgando negativamente a los actores que aparecen implicados. Tanto la figura del “delito” como el clisé de “pibe chorro” no son categorías analíticas que buscan comprender la realidad de los actores que están nombrando con ellas. Se trata de conceptos moralizantes y moralizadores a través de los cuales nos apresuramos a abrir un juicio negativo y despectivo sobre los jóvenes en cuestión. Categorías que los subalterniza y descalifica, que buscan reproducir las desigualdades sociales y culturales. Categorías morales que activan las pasiones punitivas sedimentadas en el imaginario social. Prejuicios que fueron madurando al interior de las habladurías y forman parte del fabulario de la vecinocracia para innombrar o invisibilizar a los jóvenes, extranjerizarlos, demonizarlos, otrificarlos.

 

2.

 

Dicho esto, quisiera ahora compartir tres tesis. La primera de ellas podemos formularla de la siguiente manera: Los pibes chorros no existen, son un mito. Los “pibes chorros” constituyen una imagen-fuerza que tiene la capacidad de imantar a la opinión pública, un artefacto que tiende a deshistorizar la conflictividad social. Una creación imaginaria a la altura de los prejuicios vecinales, tributaria de los miedos que se fueron cultivando alrededor de determinadas experiencias propias o ajenas interpretadas a través del registro diario que hacen los medios de comunicación. En ese sentido, la figura del “pibe chorro” es una suerte de corsé teórico para inpensar a determinados jóvenes o grupos de jóvenes que viven en barrios pobres, son morochos y tienen estilos de vida distintos a los suyos; el chaleco de fuerza para formatear el visible diario a través del cual se piensa la vida cotidiana.

Más aún, los “pibes chorros” son la expresión de los vacíos que existen en la sociedad. Cuando se fueron deteriorando los marcos sociales que pautaban la vida cotidiana, y no hay o escasean espacios de encuentro intergeneracionales y se rompen los ritos de paso que organizaban el diálogo entre las generaciones adultas y los más jóvenes, ese vacío social se llena con un foco, una fábula con la capacidad de generar consensos sociales difusos. Los “pibes chorros”, entonces, son una fantasía a la altura de nuestros fantasmas que generan mediaciones imaginarias. Su elaboración y reproducción tiene lugar al interior de los procesos de estigmatización que se llevan a cabo para agregarle certidumbre al cotidiano, estereotipos negativos que ponen en guardia a sus propaladores, permitiéndoles activar estrategias securitarias de seducción, evitamiento, delación o exclusión que, sin darse cuenta, van recreando las condiciones para sentirse más inseguros toda vez que agrava los malentendidos.

La segunda tesis podemos formularla de la siguiente manera: No existen los pibes chorros, existen jóvenes que se miden cotidianamente con situaciones muy diversas, cada una de las cuales les plantea desafíos y problemas concretos, a los que harán frente de manera diferente. El delito es una de esas estrategias, pero no es la única ni la más importante, y tampoco la respuesta más difundida. ¿Cuáles son esas situaciones?

Uno: la pobreza y marginalidad. Digo, no existen los pibes chorros lo que existen son jóvenes con dificultades sociales, es decir, jóvenes desocupados o precarizados que viven al delito como estrategia de sobrevivencia, jóvenes que pendulan entre el trabajo precario y alguna fechoría que deciden realizarla para resolver un problema material concreto.

Dos, la brecha social o la pobreza relativa. Entonces, no existen los pibes chorros, existen jóvenes que viven en una ciudad con fuertes contrastes sociales y que por tanto los lleva a vivir la pobreza como algo injusto, es decir, jóvenes que en contextos sociales con contrastes abruptos (una sociedad verticalizada, una sociedad polarizada socialmente con una fuerte brecha espacial) experimentan a la pobreza como algo injusto y encuentran en el delito la oportunidad de manifestar su bronca, disgusto, dar cuenta de esa injusticia. Una pobreza que al no ser procesada políticamente hablando genera descontento y ese descontento se expresa de diferentes formas, una de ellas puede ser el delito callejero. Jóvenes que viven al delito como una estrategia política para dar cuenta del descontento social.

“No existen los pibes chorros, existen jóvenes que se miden cotidianamente con situaciones muy diversas, cada una de las cuales les plantea desafíos y problemas concretos, a los que harán frente de manera diferente”.

Tres, la fragmentación social: jóvenes que crecieron en contextos de desorden social, donde se han ido desdibujado los precontratos sociales que pautaban la vida de relación en la comunidad, donde se fueron desdibujado las normas cotidianas que alguna vez se fueron componiendo en torno a trayectorias biográficas estables y que tendían a organizar los ritos de paso entre las diferentes generaciones.

Cuatro, el consumismo: jóvenes presionados por el mercado, que crecieron en el mundo del consumo, interpelados por un mercado que les exige que adecuen o ajusten sus estilos de vida a determinadas pautas de consumo, un consumo fetichizado y cargado de determinados valores. Como dice el Indio Solari: “Si Nike es la cultura, Nike es mi cultura hoy”. Y si mamá y papá no me pueden comprar las zapatillas entonces empezá a correr porque yo también quiero existir.

Cinco, la violencia policial. Quiero decir, no existen los pibes chorros, existen jóvenes periódicamente hostigados por las policías, verdugueados por las fuerzas de seguridad. Esa violencia moral, que algunas veces recurrirá a la agresión física, los van empujando paulatinamente a que asocien su tiempo libre a las economías criminales o que empiecen a patear con ellos; una violencia que los va dejando solos, que va rompiendo solidaridades a medida que confirma los estigmas que los vecinos tienen de ellos.

Seis, el encarcelamiento masivo: lo que existen son jóvenes que fueron seleccionados para pasar una temporada en una unidad penitenciaria. Una experiencia que los sobre-estigmatiza toda vez que saldrán con un certificado de mala conducta que les resultará muy difícil sacárselo de encima, que los excluye de los mercados laborales formales, que los expone a las extorsiones policiales, y vulnerabiliza más aún.

Siete, la expansión de las economías ilegales. Insisto: no existen los pibes chorros, existen jóvenes que viven a los mercados criminales como la oportunidad de resolver problemas materiales e identitarios, que vieron cómo crecieron o se expandieron los mercados ilegales ofreciendo oportunidades laborales concretas más ventajosas.

Ocho, las grupalidades y aventuras afectivas. Lo que existe, entonces, son jóvenes que viven a las juntas y la esquina como una estrategia de seguridad y como la oportunidad de generar pertenencia; jóvenes que referencian al delito como una estrategia identitaria, un insumo moral para componer vínculos, ganar respeto en el barrio, adquirir prestigio frente a su propio grupo de pares; jóvenes que ven en el delito la oportunidad de motorizar la grupalidad; jóvenes que pendulan entre el ocio forzado y la ayuda social, el ocio forzado y la desocupación.

Nueve, el sensacionalismo periodístico. No existen los pibes chorros, lo que sí existe son jóvenes objeto de un tratamiento estigmatizador y desigual en las coberturas periodísticas, sobre todo en la TV, es decir, periodistas que cuando sobre-estigmatizan a los jóvenes están certificando los prejuicios de la vecinocracia y activando las campañas de pánico moral; jóvenes objeto de la precariedad informativa y la pereza intelectual del periodismo argentino.

Diez, la esquizofrenia del Estado de malestar: jóvenes que son objeto de un Estado que por un lado los comprende cuando juega con la mano izquierda y por el otro, cuando apela a la mano derecha, los demoniza, persigue y hostiga; jóvenes, entonces, que desconfían del Estado, en particular de las instituciones policiales y judiciales, jóvenes que suelen hacer del enfrentamiento con estas instituciones un insumo para componer identidades y acumular prestigio.

Finalmente, no existen los pibes chorros lo que existe es la estigmatización social, jóvenes que son objeto de las habladurías y los prejuicios de los vecinos alertas, jóvenes referenciados por los emprendedores morales como problemáticos, fuente de riesgo e inseguridad.

Como se habrá dado cuenta el lector, detrás de las transgresiones y violencias juveniles hay una multiplicidad de factores que deberíamos tener en cuenta a la hora de tratar de comprender y explicar estas conflictividades sociales. Y que conste que no hablamos de “causas” sino de “factores”. Factores que crean condiciones de posibilidad, que no determinan nada. Por otro lado, no hay un factor sino múltiples factores y hay que leerlos uno al lado del otro. Cada uno de esos factores son interrogantes abiertos, preguntas que tenemos en nuestro cajón de herramientas para hacernos cada vez que miremos uno de estos eventos.

 

 

Detrás del delito hay otro delito. No existe nunca el delito a secas. Existe el delito como estrategia de sobrevivencia; existe el delito como estrategia de pertenencia; el delito como manifestación del descontento social. Existe el delito como vía alternativa al consumo; el delito como forma de construir una cultura de la dureza que les permita hacer frente a los procesos de humillación diaria. Entonces, no hay delito sino delito vivido de diferentes maneras. Hay que buscar el delito que hay detrás de cada delito; hay que pensar al crimen debajo del crimen. El delito no es una cosa abstracta sino un fenómeno concreto. El delito no es siempre el mismo delito, no permanece siempre igual, no es una invariante sino un fenómeno temporal, que emerge de diferentes maneras a través del tiempo.

Con todo, lo que estoy queriendo señalar es que si el delito callejero y predatorio es un fenómeno multifactorial entonces hay que abordarlo como si fuese un poliedro irregular: un objeto con muchas dimensiones, con caras diferentes. Como sugirió alguna vez Michel Foucault, hay que construir alrededor de cada evento singular –que analizaremos como proceso– un “poliedro de inteligibilidad cuyo número de caras no está definido de antemano y que jamás puede ser considerado como totalmente acabado”. Por eso, sugería también Foucault, conviene proceder por saturación progresiva, acercándose cada vez con más preguntas, para conectar los problemas unos con otros hasta que arrojen luz sobre el conflicto en cuestión. Es decir, al pensar en términos de “multifactorialidad” se trata de analizar el evento singular desde los múltiples procesos que lo constituyen o condicionan. Los delitos no caen del cielo, no es una mera ocurrencia individual, una determinación de las fuerzas económicas o morales. Detrás del delito hay montón de situaciones que hay que explorar para tratar de comprender lo que estaba en juego en cada evento. Y la manera de hacerlo es abordarlo con la perspectiva de los actores involucrados.

Si se quiere encontrar soluciones creativas, no se puede seguir pensando el delito desde las superficies de las cosas. El delito, parafraseando a Hemingway, es como un iceberg. Solo una pequeña porción se deja ver. Pero debajo de la línea de flote hay una enorme masa de hielo. Quiero decir, debajo del delito hay otro delito, puede haber muchos factores actuantes, otras conflictividades, distintas situaciones condicionantes. No hay que perder de vista esta complejidad para saber luego cuál será la mejor manera de intervenir, tratando de ponerlo en crisis.

El error de la criminología que practican los operadores judiciales y el periodismo empresarial, es hablar como si todas las cosas estuvieran a la vista. En otras palabras: al pensar el delito desde la superficie de las cosas se despoja la acción de sus actores y se pierden de vista las situaciones con las que se mide cada actor.

En el delito, como en casi todos los procesos conflictivos, los múltiples factores no se dejan ver a primera vista. Un delito –insisto– no es un delito, es un delito de sobrevivencia, un delito de pertenencia, un delito fetichizado, un delito lleno de bronca o resentimiento, un delito alentado por la policía, la cárcel, etc. Hay que pensar el delito detrás del delito, el delito que hay debajo del delito; hay que sumergirse en las profundidades, llegar hasta sus raíces y hacer su arqueología. El crimen tiene una profundidad, un doble fondo (¡como el sombrero de los magos!), es decir, el delito callejero no es un fenómeno simple sino bien complejo.

 

 

Me quiero detener ahora en uno de los factores que mencionamos arriba: los mercados ilegales. Alguna vez Marx habló de la utilidad del delito. Hay un montón de gente que vive del delito. ¡El delito garpa! El delito produce empleo, produce bienes y produce servicios. Produce ganancias, muchas ganancias. No hay mercado de la inseguridad sin delito. No hay policías, penitenciarios, jueces, fiscales, operadores jurídicos, abogados, profesores, investigadores sin delito.

El capital, para valorizarse hoy en día, necesita del delito y necesita de las destrezas y habilidades que los jóvenes van componiendo a través de sus delitos callejeros. Ilegalismos que después serán referenciados por el capital como recursos productivos y puestos a producir. Quiero decir, y esta es nuestra tercera tesis: no hay capital sin crimen. Los mercados legales necesitan de la expansión de los mercados informales para optimizar sus costos empresariales, y estos a su vez –los mercados informales– necesitan de los mercados ilegales para financiarse o estoquearse. No se trata de mundos separados y separables, sino de mundos yuxtapuestos, enmesetados.

“¡El delito garpa! El delito produce empleo, produce bienes y produce servicios. Produce ganancias, muchas ganancias. No hay mercado de la inseguridad sin delito. No hay policías, penitenciarios, jueces, fiscales, operadores jurídicos, abogados, profesores, investigadores sin delito”.

Pensemos, por ejemplo, en el robo de autos. Detrás del robo de autos está el mercado repositor de autopartes informales de dudosa procedencia que le resuelve problemas a montones de actores muy distintos. Le resuelve problemas a las automotrices que ya no necesitan importar componentes para surtir el mercado formal de autopartes; le resuelve los costos financieros a las empresas de seguros que tienen una abultada cartera de juicios (producto de la alta tasa de siniestros) y que al empujar a la clientela a que busquen repuestos más baratos en el mercado informal pueden recuperar la caída de la cuota de ganancia. Le resuelven el problema al Estado que nunca termina de organizar un sistema de transporte que llegue a todos lados. Recordemos que la flota de remises “truchos” en las villas está compuesta de autos cuyos repuestos no se fabrican más en el país y la única manera de conseguirlos será en los desarmaderos. No es casual que los autos más robados en Argentina sean los Duna, el Gol y el Corsa primera y segunda generación, y el Renault 12 y el Peugeot 206. Autos cuyos componentes no se fabrican más, porque recordemos que las automotrices tienen la obligación de surtir el mercado repositor durante diez años. Ahora bien, los mercados informales necesitan de los servicios de los empresarios ilegales para proveerse de esos repuestos. Pequeños empresarios que tienen que tener la capacidad económica suficiente para comprar autos robados al contado, cortarlos rápidamente en pedacitos y guardar los repuestos en distintos galpones de la ciudad desde donde habrán de llevarlos luego al taller mecánico que los dueños de los desarmaderos les indiquen. Pues bien, esos mercados ilegales, necesitan, como cualquier mercado, de fuerza de trabajo. No se trata de una fuerza de trabajo bruta sino muy cualificada. No es fácil salir a levantar o robar autos. No es fácil ponerle un revolver en la cabeza a una persona, es decir, meter miedo y pilotear ese miedo que genera esa situación. No es fácil pararse de palabra frente a la policía, conocer los códigos de la calle, imponerse con el cuerpo, disimular los movimientos. Todas esas destrezas y habilidades los pibes los fueron desarrollando –sin darse cuenta– a través de sus delitos callejeros. La policía les abre un campo de acción para que esos jóvenes entrenen cualidades que después serán puestas a producir por el capital criminal.

Quiero decir, esa fuerza de trabajo lumpen que necesitan los mercados, en parte la provee la policía. La policía es una gran bolsa de trabajo que aporta y regula la mano de obra que necesitan esas economías acopladas. La policía genera condiciones cuando libera las zonas, cuando hostiga y persigue.

Pero hay un detalle que no es menor y no hay que pasarlo por alto: los pibes son el eslabón más débil de una cadena que no controlan. Porque los mercados ilegales como cualquier mercado también se han tercerizado. Las actividades que más riesgo demandan serán delegadas a los actores que “menos tienen que perder”. Es en ese sentido que los mal llamados “pibes chorros” han llegado a constituir un fenómeno positivo. Lo digo así no para escandalizar sino para reconocer el carácter productivo que tienen los ilegalismos o las destrezas que se juegan en sus ilegalismos cotidianos. Estos delitos son un campo de entrenamiento, crea condiciones para desarrollar esas cualidades que después serán puestas a producir. Por eso, detrás de cada delito que tanta indignación suscita, hay que ver también la otra cara de la moneda. Una moneda, incluso, que no se quedarán ellos, que seguirá siendo ajena. •

 

* Esteban Rodríguez Alzueta, Docente e investigador de la UNQ. Director del LESyC (Laboratorio de estudios sociales y culturales sobre violencias urbanas). Autor de Temor y control, La máquina de la inseguridad y Hacer bardo. Director de la revista Cuestiones Criminales.